Amigo, ¿cuánto tienes? ¿cuánto vales?

  • Publicado el 6 abril, 2017

Se suele decir, que el dinero no hace la felicidad, pero ayuda, ayuda!!!. Lo uno no se da sin lo otro y ambos se complementan. Igualmente la felicidad abstracta, sin sentimientos es como el dinero enterrado, existen pero no se ven ni se sienten.

En las lecturas que nuestra madre Iglesia nos presenta este domingo (Amos 6, 1-7; 1 Tm 6, 11-16; Lc 16, 19-31) nos encontramos ante la situación final y extrema en la que quedaron dos hombres muy diferentes y con una experiencia de vida totalmente opuesta. Se trata de un mal rico y un pobre bueno. El mal no se encuentra en el hecho de ser rico o en la riqueza misma ni tampoco la bondad en el hecho de ser pobre, sino en la forma y manera con que se lleva el hecho de ser rico y en la dignidad humana con que se soporta la pobreza, puesto que puede haber una manera buena y otra mala de ser rico o pobre.

El hombre de la parábola vivía de la riqueza y para la riqueza, era el único móvil de su vida: los vestidos de púrpura y lino finísimo, las fiestas, los aplausos de sus amigos, eran la ocupación de todos los días. El Evangelio no le pone un nombre. “Había un hombre rico”, dice simplemente; “un comilón”. Al pobre, en cambio siempre lo recordaremos por su nombre: Lázaro.

La paradoja y las contradicciones en la vida siempre se saldan. El rico acabó siendo el más atormentado y a su vez el pobre acabó gozando más que cualquier rico del mundo. Dios le permite a cada uno recoger de lo que ha sembrado (Gal 6,7). Y es que las cosas terrenales fácilmente y en modo fascinante distraen y desvían del tesoro verdadero. Cristo nos da la oportunidad de ser ricos. Pero con una riqueza que va más allá del precio del oro y de los vestidos finos. Nos dice Jesús: “Donde está tu tesoro ahí está tu corazón” (Mt 6,21).
Con esta parábola Cristo no nos dice que los ricos por ser ricos van al infierno y los pobres por ser pobres van al cielo sino que todos corremos el peligro de apegarnos a las cosas materiales y olvidarnos de los bienes celestiales. Las riquezas materiales, nos ponen en riesgo de olvidarnos del más necesitado y Jesús nos recuerda que hay más alegría en dar que en recibir, y que no hay amor más grande que dar la vida por su hermano. Por eso, la mala jugada del rico fue haberse olvidado y haber despreciado a su hermano representado en ese personaje llamado: Lázaro.

Cristo invita a ricos y pobres, a alcanzar el cielo. A los ricos les dice que compartan sus bienes con los necesitados, que los inviertan en obras de caridad, que curen a los enfermos y moribundos para hacerles más llevadera su vida. Y les dice a los pobres que se unan a él en la cruz que cargó; que no deseen sino las cosas del cielo; y que incluso lo poco que tienen lo vean como algo pasajero. Hay que ser ricos de manera nueva, los más ricos del mundo entero, obteniendo el tesoro de la fe, del amor a Cristo, de la esperanza. Bien se dice Madre teresa; Nada te turbe, nada espante que, que “quien a Dios tiene nada le falta”.

La sociedad en que vivimos mide al hombre por lo que tiene y no por lo que es. Nosotros desprendemos nuestro corazón de las cosas terrenales, superficiales y perecederas. El corazón es como una papa que echa raíces fácilmente en la tierra. No intentemos llenarlo de cosas, porque llegaríamos a la eternidad con las manos vacías. Pongamos nuestra mirada en las cosas de arriba.

Rev. Rigoberto Gámez, JCD 

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